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La Infelíz Caracas

18/04/2014


Por: Gabriel García Márquez

La primera vez que la oí nombrar fue en una frase de Simón Bolívar: La infeliz Caracas. Desde entonces, pocas veces la he vuelto a oír nombrada sin que vaya precedida de ese antiguo prestigio de infelicidad. Al parecer, su destino es igual al de muchos seres humanos de gran estirpe, que no pueden ser amados sino por quienes sean capaces de padecerlos.Desde aquella remota frase de la escuela primaria, Caracas ha sido siempre para mí algo muy parecido a una obsesión. En el pueblo donde nací, que también tenía algo de infernal y no sólo por su calor de infierno, uno se encontraba a Caracas en el agua y la sal. Era un refugio de expatriados y apátridas del mundo entero, pero existía una categoría aparte, mucho más nuestra que las otras, que eran los fugitivos del infierno de Juan Vicente Gómez. Ellos me dejaron a Caracas sembrada para siempre en el corazón, a veces por los horrores de sus cárceles, y a veces por la idealización de la nostalgia. Era difícil ser feliz pensando en Caracas, pero era imposible no pensar en ella.Nadie me enseñó tanto sobre esa ciudad irreal, como la gran mujer que pobló de fantasmas los años más dichosos de mi niñez. Se llamaba Juana de Freites, y era inteligente y hermosa, y el ser humano más humano y con más sentido de la fabulación que conocí jamás. Todas las tardes, cuando bajaba el calor, se sentaba en la puerta de su casa en un mecedor de bejuco, con su cabeza nevada y su bata de nazarena, y nos contaba sin cansancio los grandes cuentos de la literatura infantil. Los mismos de siempre, desde Blanca Nieves hasta Gulliver, pero con una variación original: todos ocurrían en Caracas.

Fue así como crecí con la certidumbre mágica de que Genoveva de Bravante y su hijo Desdichado se refugiaron en una cueva de Bello Monte, que Cenicienta había perdido la zapatilla de cristal en una fiesta de gala de El Paraíso, que la Bella Durmiente esperaba a su príncipe despertador a la sombra de Los Caobos, y que Caperucita Roja había sido devorada por un lobo llamado Juan Vicente el Feroz. Caracas fue desde entonces para mí la ciudad fugitiva de la imaginación, con castillos de gigantes, con genios escondidos en las botellas, con árboles que cantaban y fuentes que convertían en sapos el corazón, y muchachas de prodigio que vivían en el mundo al revés dentro de los espejos. Por desgracia, nada es más atroz ni suscita tantas desdichas juntas como la maravilla de los cuentos de hadas, de modo que mi recuerdo anticipado de Caracas siguió siendo el de siempre: la infeliz Caracas.

Todo esto lo pensaba el 28 de diciembre de 1957 – día de los Santos Inocentes, además – mientras volaba desde París hacia Caracas en los aviones de cuerda de aquella época, que tanto tiempo daban para pensar.

A pesar del calor, del fragor del tránsito en las autopistas de vértigo, de las distancias cortas más largas del mundo, yo iba reconociendo a cada vuelta de rueda los sitios familiares de mi infancia desde que atravesé la ciudad por primera vez. Identificaba en las laderas escarpadas las cabañas de colores de los enanos, los dragones de candela, la torre del rey, y una edificación luciferina que sólo por su nombre sobrepasaba de muy lejos a todos los horrores del mundo infantil: El Helicoide de la Roca Tarpeya. Recuerdo que al verla por vez primera, asomada a su precipicio mortal, volví a recordar: La infeliz Caracas.

Mi primer domingo en la ciudad desperté con la rara sensación de que algo extraño nos iba a suceder, y la atribuí al estado de ánimo que me había inspirado con sus fábulas doña Juana de Freites. Pocas horas más tarde, cuando nos preparábamos para un domingo feliz en la playa, Soledad Mendoza subió de dos zancadas las escaleras de la casa con sus botas de Siete Leguas.

-¡Se alzó la aviación! – gritó. En efecto, quince minutos después, la ciudad de abrió por completo en su estado natural de literatura fantástica. Los caraqueños habían salido a las azoteas, saludando con pañuelos de júbilo a los aviones de guerra y aplaudiendo de gozo cuando veían caer las bombas sobre el Palacio de Miraflores, que para mí seguía siendo el Castillo del Rey que Rabió. Tres meses después, Venezuela fue por poco tiempo, pero de un modo inolvidable en mi vida, el país más libre del mundo. Y yo fui un hombre feliz, tal vez porque nunca más desde entonces me volvieron a ocurrir tantas cosas definitivas por primera vez en un solo año: me casé para siempre, viví una revolución de carne y hueso, tuve una dirección fija, me quedé tres horas encerrado en un ascensor con una mujer bella, escribí mi mejor cuento para un concurso que no gané, definí para siempre mi concepción de la literatura y sus relaciones secretas con el periodismo, manejé el primer automóvil y sufrí un accidente dos minutos después, y adquirí una claridad política que habría de llevarme doce años más tarde a ingresar en un partido de Venezuela.

Tal vez por eso, una de las hermosas frustraciones de mi vida es no haberme quedado a vivir para siempre en esa ciudad infernal. Me gusta su gente, a la cual me siento muy parecido, me gustan sus mujeres tiernas y bravas, y me gusta su locura sin límites y su sentido experimental de la vida. Pocas cosas me gustan tanto en este mundo como el color del Avila al atardecer. Pero el prodigio mayor de Caracas es que en medio del hierro y el asfalto y los embotellamientos de tránsito que siguen siendo uno solo y siempre el mismo desde hace 20 años, la ciudad conserva todavía en su corazón la nostalgia del campo. Hay unas tardes de sol primaveral en que se oyen más las chicharras que los carros, y uno duerme en el piso número quince de un rascacielos de vidrio soñando con el canto de las ranas y el pistón de los grillos, y se despierta en unas albas atronadoras, pero todavía purificadas por los cobres de un gallo. Es el revés de los cuentos dehadas: la feliz Caracas.

 

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La Despedida

17/04/2014


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Hoy Macondo está de luto. Las campanas de la iglesia anunciaron la muerte del Gabo. Melquíades lo había anunciado y por eso la noticia no tomó por sorpresa al Coronel Aureliano Buendía. José Arcadio y Rebeca han vuelto al pueblo tras enterarse de la infausta noticia. Remedios por su parte ha conseguido salir del convento para asistir a las exequias. Macondo luce lúgubre tanto o mas que en la época de la peste. Melquíades ha vuelto de la muerte una vez mas y ha prometido revelar algunos detalles de su pergamino en el cual, según confiesa, se anunciaba la muerte del autor en días santos. Úrsula se le acercó a Melquíades y le increpó a traer de la muerte al Gabo como tantas veces había vuelto el mismo. Melquíades abatido y resignado como nunca le respondió que sus vueltas desde el mas allá eran obra del Gabo y que teme que su próxima muerte sea ya la última.

Descanse en Paz Maestro.

Lost & Found

02/11/2011


Lost & Found

Lost & Found

Confieso que la primera vez que vi un letrero con el título LOST & FOUND (Objetos Extraviados y Encontrados) por allá en el Aeropuerto Dallas-Fort Worth en diciembre de 2003, pensé que se trataba de una de esas bromas que de cuando en cuando se inventan los gringos por ocio. En serio, de pana pensé que se trataba de una estupidez. A quién carrizo se le ocurre que la humanidad se dignaría a guardar cosas que algún despistado dejase a su suerte. Esas cosas no pasan en este terruño bolivariano. Aquí si usted dejó olvidado algo por allí, se fregó. Nuestra idiosincracia nos señala que algo que uno se consiga mal puesto, se entiende “encontrado” y por ende, desde ese momento propiedad de uno.

Si a uno se le pierde algo dentro de este territorio de superficie continental e insular de 912.050 km², lo ataca la desesperanza. Uno sabe que difícilmente podrá tener de nuevo en sus manos ese objeto olvidado, que a lo mejor ni valor tenía, pero ¡coño era de uno! Tras percatarse del olvido, nos devolvemos al hipotético sitio donde a lo mejor dejamos la vaina olvidada. La razón nos dice “Olvídalo, se perdió”, mientras el corazoncito arrugado nos da un alientito, se nos enciende una pequeña luz en el túnel, que no es más que una débil y tenue señal de que un alma juiciosa y de grandes valores; a lo mejor, quizá lo haya encontrado y esté allí, esperando por el legítimo y originario propietario de la cosa para devolvérsela. La inmensa mayoría de las veces la razón gana y perdemos nuestra propiedad per secula seculorum. En casos muy extraños, corremos con suerte y la cosa aún está allí, sola, triste y abandonada. La tomamos y sentimos una alegría infinita, como si nos volviera el alma al cuerpo, como si nos hubiésemos ganado el Kino, como si ese familiar secuestrado volviese a casa sano y salvo. En otros casos aún más difíciles, nos conseguimos a un compatriota, de esos juiciosos, esperándonos con la cosa en la mano para entregárnosla. Nos invade el asombro, no sabemos si es por haber encontrado la cosa o porque alguien la encontró y nos la está devolviendo. Nos preguntamos si nos irá a cobrar rescate o peor aún, nos atrevemos a suponer que a lo mejor se cogió algo y por pena no revisamos, sino hasta después de darle las gracias y habernos retirado.

Ya tranquilos, con la cosa en nuestras manos, con la tensión estable y el agite superado, razonamos acerca de ese evento inverosimil con ese ser humano raro que devuelve las vainas olvidadas por otros. No alcanzamos a comprender por qué lo hizo. Qué razón podría haber para que alguien se moleste en custodiar y devolver algo olvidado. Son gente rara de este país, una especie de alienígena. Son como esos seres que respetan los semáforos, que no usan el hombrillo para circular, que respetan las colas, que ceden el paso, que si el letrero dice “Un solo Mazeite por persona”, se llevan solo un Mazeite. Uno los cataloga como miembro de una secta. Pese a que tenga acento gocho u oriental o hable maracucho o con el cantadito llanero, uno piensa que ese carajo no es venezolano, y si lo es, está loco o es pendejo. Así somos.

Lo que debería ser común se nos hace extraordinario. Suponemos que como ciudadanos no somos capaces de hacer de la norma lo usual. Endilgamos a nuestros connacionales esa incapacidad de ser mejores ciudadanos como un mecanismo inocuo de autodefensa, como para evitar mirarnos al espejo, como si fuese solo responsabilidad de ellos la formación de una mejor sociedad. Ya que ellos no son mejores por qué habría yo de serlo. Lo peor de todo esto es que el Estado, los medios de comunicación, los líderes políticos y hasta las empresas con capacidad de direccionar conductas, lejos de promover valores o al menos tratar de rescatar los que teníamos, nos hacen entender que somos como merecemos ser y hasta que es de pinga ser como somos.

Hemos venido evolucionando como país, yo creo más como consecuencia de la globalización que como un proyecto social. Progresamos por inercia, por imitación de lo que hacen otras naciones, por el acceso privilegiado a la tecnología que nos provee el petróleo. Progresamos o medio progresamos sin saber por qué. La raíz de nuestro progreso como sociedad es cada día más débil. Atacamos a mansalva nuestros valores sin darnos cuenta que allí radica la base de lo que debemos ser como país. Cada día inoculamos a nuestros hijos en contra de nuestros propios valores. Y es allí donde nos destruimos poco a poco como sociedad.

Ese aviso de Lost & Found que usan los gringos, habla mucho de sus valores, de lo que como sociedad quieren ser. Ciertamente muchas veces la gente no devuelve allá lo que encuentran, pero hasta estos días eso sigue siendo lo inusual y no lo cotidiano como en nuestro caso. Por favor no me entienda alienado con los Estados Unidos, solo que es justo reconocer nuestras carencias como sociedad y tomar del resto de las naciones sus mejores prácticas. Hacemos más por esta Venezuela tan estropeada, rescatando en casa los valores que hemos perdido y en la calle comportarnos como ciudadanos, respetando las leyes, así nos tilden de extranjeros.

Ojalá que como sociedad encontremos lo que hemos perdido.

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